La luz del sol es esencial para todos los seres vivos y su efecto beneficioso sobre nuestro ánimo y sobre la absorción de la vitamina D es innegable. Pero una pasión excesiva por el bronceado y el abuso de las cabinas de rayos UVA conducen inevitablemente al fotoenvejecimiento: un proceso patológico de deterioro de las células de la epidermis.
Cuando nuestra piel se expone a los rayos UV del sol, nos bronceamos.
Los rayos UV son retenidos en su mayor parte por la capa de ozono, la ropa con protección UV y la capa de nubes, ¡pero el espectro de los rayos restantes sigue estando muy presente!
Los UVB son responsables del bronceado y penetran en la piel en pequeña cantidad (no más del 10 %), mientras que los UVA, que no provocan quemaduras solares, son mucho más absorbidos por la piel (alrededor del 30 %).
Son estos últimos, los UVA, los que originan los daños que el sol causa en nuestra piel: el fotoenvejecimiento. (Descubre más sobre los rayos UV en nuestro artículo: UVA contra UVB.)
Daño en el manto hidrolipídico protector de la epidermis y en las membranas celulares => engrosamiento de la capa córnea
Afectación del sistema vascular de la piel a nivel de los capilares
Más concretamente, el fotoenvejecimiento se traduce en una piel seca y menos elástica, la aparición de arrugas, trastornos de la pigmentación y pérdida de firmeza.
¡Es posible prevenir el fotoenvejecimiento! (Consulta nuestro artículo: «Broncearse y cuidar la salud»)
Vigila tus lunares: los dermatólogos recomiendan revisarlos una vez al año. El número de lunares depende de tu herencia genética y también de la intensidad de tu exposición al sol.
Aunque la gran mayoría de los lunares son inofensivos, esta es la lista de aspectos que debes vigilar o de señales que deben ponerte en alerta: (la regla ABCDE)
Y recuerda la regla ABCD cuando observes tus lunares:
A de asimetría
B de bordes irregulares
C de color
D de diámetro
E de evolución